Capítulo I
Estaba ahí, sentada, tomando un café, con su pelo castaño que acariciaba su espalda cubierta por un saco de lana a rayas de colores. En sus manos pequeño libro y sus ojos fijos en las páginas amarillentas perforadas por la polilla.
El no podía evitar mirarla, se sentó en la mesa de adjunto sin disimular su encantamiento por ese movimiento absurdo y a la vez seductor de sus piernas debajo de la mesa.
Entonces Bernardo pidió un café y volvió a su mente aquel ciprés en donde había pasado la mañana cobijado por la sombra disfrutando del vicio de la lectura de la poesía de Asunción Silva, comenzaron otra vez a rondar en su interior cada uno de sus versos que se hundían en un grito de dolor, en una suplica de silencio entre las hojas secas que caían del árbol. Entonces, sumergido en las palabras se dejó abrumar nuevamente por tan ingeniosa y trágica muerte.
Y pensaba, no hacia más que pensar mientras se llevaba el amargo café a los labios, sentía como su calor le quemaba el esófago, mientras imaginaba como el plomo atravesaba su corazón igual a lo que le sucedió al poeta.
De pronto se percató de la criatura deiforme que estaba a su lado.
Ahora se fijó en sus pequeñas y suaves manos, era manos de artista – pensó- era fascinante como sostenían delicadamente ese pequeño libro color azul.
Podría ser pintora o dibujante tal vez podría tocar algún instrumento, un piano o algo así.
Quería hablarle, pero se sentía estulto acercarse a ella sin razón distinta a su fascinación por su imagen bohemia.
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